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Franco Baresi: el hombre que le enseñó al fútbol a defender con elegancia

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Por GIUSEPPE CONTE
DD + IA | Milán

Hay futbolistas que ganan títulos y hay futbolistas que redefinen una posición. Franco Baresi perteneció a esa segunda categoría, mucho más pequeña y mucho más trascendente.

Cuando Baresi debutó con el AC Milan en 1977, la figura del líbero italiano ya tenía una larga tradición, asociada casi siempre a la contención, al hombre que estaba detrás de la línea defensiva para “barrer” los errores ajenos. Baresi tomó ese rol y lo transformó por completo: convirtió al líbero en el cerebro del equipo, en el jugador que leía el partido un paso antes que los demás y que, con un simple gesto, ordenaba a toda una defensa. No defendía reaccionando al peligro; lo anticipaba.

Esa visión encontró su máxima expresión bajo la dirección de Arrigo Sacchi, quien construyó alrededor de Baresi, Paolo Maldini, Alessandro Costacurta y Mauro Tassotti una línea defensiva que todavía hoy se estudia como modelo táctico. El Milan de finales de los ochenta no solo ganaba partidos: cambió la manera de entender el fútbol europeo, con una defensa que jugaba adelantada, presionaba en bloque y dejaba en fuera de juego a delanteros que hasta entonces parecían inatajables. Baresi era el metrónomo de ese sistema.

Su impacto no se puede medir solo en títulos, aunque los tuvo en abundancia: tres Copas de Europa/Champions League, seis Scudettos, un Mundial con Italia en 1982. Se mide, sobre todo, en la influencia que ejerció sobre generaciones enteras de defensores. Cuando hoy se habla de un central que “juega con la pelota”, que domina los tiempos del partido más que los duelos individuales, se está hablando, en el fondo, de una idea que Baresi ayudó a instalar mucho antes de que se pusiera de moda.

Fue también, y esto no es un detalle menor, un símbolo de fidelidad en una época donde ya empezaba a escasear: veinte años en un solo club, quince de ellos como capitán. Esa lealtad, sumada a su liderazgo silencioso —nunca fue un jugador de gestos grandilocuentes—, lo convirtió en una referencia moral dentro del vestuario, algo que sus propios compañeros repitieron una y otra vez a lo largo de los años.

Incluso su momento más doloroso, el penal fallado en la final del Mundial de 1994 ante Brasil, terminó reforzando su leyenda en lugar de opacarla. Un jugador que había llegado a esa final apenas semanas después de una cirugía de menisco, que se sobrepuso al dolor físico para estar en la cancha, quedó asociado a la idea de sacrificio antes que a la del fracaso.

El fútbol mundial le debe a Franco Baresi una manera de pensar la defensa: menos como una tarea de destrucción y más como una forma de inteligencia colectiva. Esa herencia, silenciosa pero profunda, es la que hoy despide el fútbol.

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