Por JIMMY CUADROS ROJANO
El fútbol sudamericano se ha desarrollado alrededor de un paradigma: los mejores jugadores son y han sido aquellos que salieron del barrio, del potrero, de la favela, de la comuna, de la villa. El Pibe de Pescaíto, Maradona de Villa Fiorito, Pelé de Tres Corações Bauru, por mencionar tres ejemplos irrefutables.
Aquellos escenarios hostiles no solo les forjaron una técnica depurada, sino que los proveyeron de lo que solemos llamar garra, actitud, temperamento, malicia. Talento y guapura, la combinación perfecta.
El otro día veía a Andrés Llinás, talentoso defensa de Millonarios, despojarse de la imagen de ‘niño bien’ de clase alta bogotana y guapearle como arrabalero a su excompañero Andrés Román en aquel duelo único de Sudamericana entre los Embajadores y Atlético Nacional.
“¿Cuál equipo chico, cuál equipo chico?”, le espetaba Llinás a Román mientras lo insultaba con epítetos irreproducibles y lo pechaba. No solo era la defensa de su equipo, sino la intención de que su oponente se saliera de casillas y respondiera con un golpe que provocara su expulsión. No ocurrió, Millonarios clasificó de visitante y los hinchas azules reconocieron la actitud de Llinás.
Días después, justamente en otro partido de Nacional, vi a Jermein Peña, defensa de Junior, salir expulsado por darle un codazo injustificable, fuera de contexto, a Juan Manuel Rengifo en una jugada sin riesgo para su equipo. Junior cayó goleado y humillado de local y los hinchas rojiblancos desaprobaron la actitud de Peña.
Como la canción de Juan Luis Guerra, Peña es de un barrio pobre del sur de Santa Marta; Llinás es de clase alta, a decir verdad. Tienen muchas cosas en común, pero es justamente el contexto en el que se criaron lo que los diferencia en la cancha y en las estadísticas.
Son técnicos, jóvenes (el uno 28 y el otro 26), llevan más de 6 años de profesionalismo y ya han salido campeones como titulares de dos grandes equipos del FPC.
El bogotano es más cerebral, sin dejar de ser fuerte. El samario es más agresivo e instintivo, aunque a veces da pinceladas de raciocinio. Por algo a Llinás solo lo han expulsado una vez en su carrera (aunque le perdonaron una roja en un clásico capitalino el año pasado por un codazo), mientras Peña ha visto cuatro veces el acrílico rojo.
Llinás creció en un hogar acomodado de Bogotá. Su padre ha sido un dirigente vinculado al deporte desde siempre y su abuela, Zilia Angulo Corradine, fue una reconocida jugadora de Bridge, un sofisticado juego de cartas por parejas, asociado históricamente a la élite.
Cuando da declaraciones, más allá de su tono gomelo, deja ver su paso por prestigiosos colegios privados capitalinos y la lectura de algunos libros. Eso no le impide hacerse respetar en la zona defensiva o bravearle a cualquier delantero forjado en los barrios más peligrosos del país.
Peña, en cambio, creció en un hogar disfuncional, con su madre haciendo malabares para educarlo y darle de comer a él y a sus hermanos mientras su padre —el también jugador profesional Justiniano Peña— pagaba una condena por homicidio.
Aprendió en la calle los secretos de la supervivencia y adquirió temperamento, quizá por eso está donde hoy está, jugando en un club grande, sobreponiéndose a la adversidad. Pero cuando da declaraciones, demuestra en su atropellado uso del lenguaje que su paso por algún colegio público fue un simple trámite y que sus manos no han abierto suficientes libros.
¿Para qué leer si ningún libro me dice cuándo tengo que reventar el balón a la tribuna o cómo pegarle una patada a un delantero escurridizo sin que me expulsen?, pensará Peña.
Para jugar al fútbol se requieren siempre altas dosis de testosterona, fuego en los pectorales y dos piernas fundamentadas. Eso él lo tiene. Pero sobre todo se necesita un cerebro ejercitado, claro, que permita pensar y controlar emociones. Y en eso tiene que trabajar. No alcanza solo con bravura y malicia o publicando una imagen con la frase “Dios proveerá” en redes sociales. Hay que ponerle inteligencia al juego. No lo olvides.




