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José Daniel Ponce, del Junior de Barranquilla a las minas de Chile, interesante historia de Marina Zucchi

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José Daniel Ponce, del Junior de Barranquilla a las minas de Chile, interesante historia de Marina Zucchi

Por Marina Zucchi
Editora de la sección Historias
José Daniel “Bocha” Ponce jugó en el fútbol colombiano con Junior de Barranquilla (1986-1987-1988) y Unión Magdalena (1988).

Del fútbol a la minería, el volantazo del Bocha Ponce: “Cuando llegué a Boca me iba a dormir llorando todas las noches”

Cuando cumplía el sueño de calzarse la auriazul, sufría un drama familiar en silencio.

Su vida hoy en una empresa chilena y los secretos de su carrera que nunca contó.

La historia
Cuando el Bocha Ponce aterrizó en Boca Juniors, caminaba astillado, con el alma rota. En marzo de 1989 había quedado viudo, y en julio, cerró su pase para calzarse la azul y oro. Pocos sabían que criaba solo a un bebé de cuatro meses: su mujer había muerto 20 días después del parto, tras una embolia.

“Yo me hospedaba en el Elevage, un cinco estrellas. Habitación de lujo. A la noche me acostaba a dormir, miraba la mitad de la cama vacía, me faltaba algo y lloraba”, recuerda 37 años después, y algo de ese viejo dolor se filtra en los silencios largos.

-¿Cómo fue ser padre y madre en aquel momento en que cumplía un sueño profesional?
-Fue muy fuerte para mí. Pero son duelos muy personales que llevo dentro. Todo el mérito se lo llevó mi mamá, que acompañó a mi hijo siempre hasta que a los 6 años me fui a Chile y formé nueva familia.

-¿Cree que el hincha sabía de esa tristeza que llevaba a cuestas mientras jugaba?
-No. El dolor es algo privado. Tuve una desgracia y yo siempre fui muy profesional, dejaba todo en cada club como si fuera mío.

José Luis, ex volante, mendocino, 64 años, parece ya haber perdido el acento argentino tras 30 años en Chile. Vive en Concepción, a 450 kilómetros de Santiago, y cambió el universo del fútbol por la minería. Hace casi 15 años un amigo con el que jugaba picados le habló del hábitat de las excavaciones, las perforaciones y las extracciones de cobre y el Bocha se animó a preguntar si había empleo para un “jubilado deportivo”.

Su primera tarea en una empresa del rubro fue como chofer de transporte. Años después pasó a trabajar “supervisor de patio” -en terrenos al aire libre en los que se recibe, guarda, clasifica y despacha materiales y maquinarias-. Hoy es capataz de la empresa chilena Echeverría Izquierdo.

Habla con naturalidad de espesadores, trituradoras, molinos, como si estuviera explicando la ley de offside. Cuesta seguir su tecnicismo minero, entonces se limita a explicar que su rol se vincula a “a todo lo que es la estructura de montaje y el proceso de instalación de una faena minera”.

“Trabajo a tajo abierto, como se llama, en la superficie, no en lo subterráneo. No expongo las manos”, aclara. “Mi gente ejecuta y yo tengo que supervisar esa ejecución”.

-¿Qué ámbito genera más presión, el fútbol o la minería?
-La minería. El fútbol a mí me divertía.

-Podría estar trabajando como entrenador u “opinador” en un panel y, sin embargo, abandonó ese mundillo. ¿Extraña?
-No he tenido el ofrecimiento y siempre tengo ganas de meterme en un programa de fútbol. La gente conoce al Bocha Ponce jugador, pero… no conoce al Bocha que padeció, o el que se quedó afuera del Mundial…

“El “hijo” de Bilardo
Un póster de la extinguida revista Sólo Fútbol lo devuelve con 33 años y esa camiseta xeneize brillosa sin auspicio, la transición, entre Fate y Fiat. “Supervolante izquierdo: habilidad, inteligencia, panorama, buena pegada, despliegue y un juego con la cabeza en alto”, lo define ese documento de archivo, apenas uno de la pila de hojas amarillentas en las que Ponce Jaramillo es protagonista.

“Yo era zurdo, hábil, con buena pegada de balón, buenos cambios de frente, mucha precisión en los pases y, como se decía antiguamente, ‘trotón’, no paraba de correr”, certifica unas horas antes de calzarse el casco y emprender viaje a su jornada de trabajo.

Boca fue solo una parte de los 13 clubes por los que pasó, entre Argentina, Colombia, Francia y Chile. Nacido el 25 de junio de 1962, en Godoy Cruz y formado en las inferiores del club homónimo, Bocha fue determinante en aquel bicampeonato 82/83 con Estudiantes de La Plata en el que se volvió discípulo fiel de Carlos Bilardo. En el “Pincha” pasó la mayor parte de su carrera deportiva, casi siete en tres etapas. Se acostumbró a leer títulos como “Ponce, el jugador del momento”, tal publica La Nación en 1983.

“Un día un amigo me dijo: ‘Tengo un primo que tiene contacto con Estudiantes, si querés ir a probarte, te doy una mano’. Y así me fui a probar y estuve 16 días a prueba, en el Demo. Llegué con edad de cuarta, a préstamo, y luego me adquirieron en 100 mil dólares. Debuté a los 18 en Primera con José Yudica”, evoca y se pierde en un viaje de nombres como Carlos Bertero, Miguel Ángel Russo, Alejandro Sabella, Marcelo Trobbiani…

“Fui marcado a fuego por un personaje como Bilardo, marcado en el sentido de la convicción, el trabajo, el percibir las cosas que van a pasar. A Menotti solo lo tuve en una charla técnica con la Selección y tenía un vocabulario más romántico. Carlos fue único. Mírate los partidos del Mundial 86 y vas a ver cómo es la función de un líbero, cómo es la función de los stopper. Estamos hablando de 40 años atrás y el tipo te lo cantaba antes”.

-En las viejas fotos se lo veía pegado frecuentemente a Bilardo…
-“Vení, Ponce, vení, vení, vení” (imita el tono del Doctor). “Ponce, mirá esto, mirá esto, mirá esto”. Me tenía loco a mí. Siempre me agarraba a mí. Un día estábamos en la India y me dice “Ponce, vení, mirá”. Nosotros estábamos jodiendo, tirando chistes. Había un polaco, Smoralek. El tipo comía. “¿Qué hace el Polaco, Ponce?”, pregunta Bilardo. ‘Está comiendo, Carlos’. Y me dice: “Nooooo, el tipo parece que está comiendo, pero levanta los ojos y los mira a todos ustedes. Así tenés que estar vos en la cancha, con los ojos para todos lados. Saber hasta lo que pasa en la tribuna. El mediocampista es el co-ra-zón del equipo. Ponce: el volante tiene que saberlo todo”.

-¿Lo agotaba tanta obsesión?
-Entendíamos que era así. Yo hablaba mucho con el Profe Echeverría, que me contaba que Carlos en los entrenamientos hablaba en código. Le decía al Profe: ‘Donde yo me pare, ese es el que anda bien’. Entonces, nosotros estamos todos elongando, tirados en el piso, y Carlos caminaba y se detenía al lado mío. Era como su hombre de confianza, pero nunca me felicitó.

-¿Nunca?
-Yo le hice los dos goles a Alemania en Düsseldorf en 1984, y volvíamos y en el avión él estaba parado y los entrevistaba a todos. Les preguntaba con quién vivían y hasta grupo sanguíneo. Cuarenta minutos con cada tipo. Yo había clavado las dos pepas en Alemania, le había hecho un gol a Suiza, me había mandado una gira espectacular y cuando me llama me dice: “¿Andás bien?”. Le digo, sí. “Listo, seguí así. Chau”. Y me largó a los dos minutos.

-Volvió a visitarlo en los últimos años…
-Sí, con los campeones del 82. Fue el 14 de febrero de 2025. “Borombombón, es el equipo del Narigón”… Lo sorprendimos. Estaba tomando su merienda y le aparece uno por la derecha, otro por la izquierda, y los ojitos le brillaban. A los pocos días fui con Miguel Ángel Guette. Apareció primero él, lo abrazó y le preguntó: “¿Carlos, se acuerda de este pibe al que usted hacía patear?”. Y me puse de frente, ya pelado, medio gordito. Cuando Bilardo me dijo “¿qué hacés, cómo andás?” se me pararon los pelos. Fue un momento hermoso.

Un mendocino en Francia
“Je parle un peu français”, (“Hablo un poco de francés”) lanza chistoso el que vivió una aventura de un año en Nîmes Olympique, un club entonces en segunda división en el sur de Francia en el que permaneció un año (1990-91).

Después de haber alzado la Supercopa con Boca Juniors, surgió la oferta europea y se lanzó a la aventura, pero la expedición no tuvo final feliz. “Me las rebuscaba para que me entendieran, jugué una rueda, pero tuve un problema con el entrenador y quedé parado, por lo que después me hacían jugar unos partidos raros en otras localidades, como que volví a inferiores”.

De aquella experiencia francesa resalta los días de pesca con otro argentino, el amigo José Luis Cuciuffo y las charlas existenciales entre anzuelos y carnadas en la región de Occitania. “Su muerte tan brusca -en un accidente en 2004, cuando un rifle se disparó tras una jornada de caza- me arrancó un lagrimón grande. En Francia vivíamos uno al lado del otro, éramos inseparables”.

El Bocha parece como blindado por tantas pérdidas, pero “pellejo” adentro hay “una procesión”. Su primogénito, José Daniel, de 37 años, fue el encargado de hacerle sacar fuerzas de donde no imaginaba.

Cuando su mujer Ana Milena murió, algunas notas periodísticas hablaban al pasar de ese “10” que de día jugaba y de noche aprendía a preparar papilla, mientras hacía malabares entre concentraciones, viajes y crianza. Tiempo después, Bocha volvió a enamorarse, a casarse y fue papá de Catalina y Chiara.

-Cuando mira para atrás, ¿piensa en cómo fue capaz de congeniar una carrera y ese rol padre solo?

-Uno no piensa. Yo me acuerdo que, cuando llego a Boca, el equipo estaba de gira en Japón. Un grupito no pudo viajar, yo entre ellos, y me quedé en La Candela. Llega el Cai Aimar y explica esto, lo otro, y nombra a uno por uno. “¿Está de acuerdo, Fulano? ¿Está de acuerdo, mengano?”. A mí me dice: “Bocha, vení aparte. Quiero decirte algo”. Lo que me dijo me liquidó y me hizo despertarme.

-¿Qué le dijo?
-Las puertas de mi casa están abiertas para vos, para tu hijo. Podés traer al nene a mi casa, mi señora a disposición. Quiero que estés bien”. Esa calidad humana, ese espaldarazo fue emocionante. Cuando mis amigos después me decían “¿Ahora en Boca te tirás a los pies?” yo les explicaba: ‘¿Sabes por qué? Porque el que está sentado allá del otro lado en la banca, el Cai, se merece eso y más’.

-¿Alguna vez lo silbaron en Boca mientras su cabeza estaba en ese drama?
-¡No! Lo que pasó es que nosotros jugamos la semifinal de la Supercopa con Gremio. ¿Sabés cómo se nos venían los brasileños? Entonces los muchachos me decían “Bocha, tenela”. Pero tenela era que me la tiraban y se quedaban parados porque estaban fusilados. ¿A quién se la afanaban? ¡A mí!. Entonces perdí como 4 o 5 pelotas seguidas. En una de esas empezaron a silbar del palco y de atrás del arco, menos la 12. Cuando La 12 se enteró de que me estaban silbando empezó a cantar “¡el que no quiere al Bocha, no quiere a su papá!”.

Una espina clavada: el Mundial
El también ex San Lorenzo siente que fue parte de la gesta de 1986, “una pieza de la prehistoria” de aquel Mundial. Y denuncia que no viajó a México por “un enojo de Julio Grondona”

“Tengo 20 partidos internacionales con la Selección. Grondona se enojó porque yo le hice el juicio”, jura. “¿Cómo no te voy a hacer juicio si yo necesitaba una casa para mi familia y vos me estabas negando el 15% que me correspondía legalmente de un pase? Hice el juicio porque estaba tapando una negociación que existió de mi transferencia de 100 mil dólares en el año 80. Con lo que gané le compré la casa a mi vieja”.

“Mil novecientos ochenta y cuatro fue el mejor año mío en la Selección. Yo estaba en mi mejor momento. De ahí voy a jugar las Eliminatorias y Madero me tiro un spray entre las piernas y me quemó, una quemadura de segundo grado. Después me engripé y fueron pasando cosas… Era el destino que no debía estar”, se lamenta. “En el 90 lo mismo. Bilardo me decía: ‘No tengo tiempo para enseñarle a nadie, el único jugador que sabe todo sos vos. No puedo llamar a otro para enseñarle cosas’… pero no hubo suerte”.

El Bocha llegó a Chile en 1995, contratado por Coquimbo Unido cuando ya empezaba a intuir que el retiro estaba cerca. Se despidió finalmente en Huachipato en 1997 y jura que sin angustia. “Mi cabeza se preparó y se dio cuenta de algo: siempre fui un jugador técnicamente bueno, pero cuando empecé a notar que me la robaban fácil y los pibes de 18 años me dejaban un vientito, preferí retirarme con el nombre en alto a que empezaran a decirme ladrón”, admite.

-¿Cambiaría algo de su carrera?
-No. Yo no sabía que había despertado en la gente tanta admiración. Hoy todavía me recuerdan el gol olímpico a Newell’s (1984), o el gol de acá o de allá. Eso tan chiquito me hace feliz, porque no nos llevamos nada de esta vida, simplemente la vivencia. ¿No? ¡Fui compañero del Beto Alonso, de Sabella, de Trobbiani, jugué con Maradona, me dio la mano Platini! ¿Qué más puede pedir un número 10?

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