Por Yoshi Nakamura
DD+ia/Detroit
Justin Verlander cerró una extraordinaria carrera de dos décadas con 5.1 entradas y seis ponches ante Pittsburgh. A los 43 años, el legendario derecho de los Tigres se despidió en un Comerica Park repleto y acompañado por su familia.
Justin Verlander quería despedirse lanzando.
No con discursos ni ceremonias interminables. Quería subir una última vez al montículo, mirar al receptor, recibir la señal y competir como lo hizo durante dos décadas en las Grandes Ligas.
Y por momentos volvió a aparecer el Verlander clásico.
El derecho de 43 años trabajó 5.1 entradas, permitió dos carreras y ponchó a seis bateadores frente a los Piratas, en la última apertura de una carrera extraordinaria que terminó con una línea para la historia: 266 victorias, efectividad de 3.33 y 3,560 ponches, octava mayor cantidad registrada en MLB.
Pero los números fueron apenas una parte de una tarde cargada de emociones en el Comerica Park.
Verlander llegó temprano al clubhouse buscando la alineación de Pittsburgh. Quería estudiarla. Después se reunió con el receptor Dillon Dingler para revisar bateador por bateador y establecer el plan de ataque.
Era su rutina de siempre.
A.J. Hinch lo observó nuevamente en “modo competidor”. Había ansiedad y nervios, sentimientos poco habituales en un hombre que pasó buena parte de su vida dominando desde el montículo.
Habían transcurrido seis meses desde su anterior presentación. Las lesiones en la cadera y la corva prácticamente destruyeron su temporada y terminaron convenciéndolo de que había llegado el momento de marcharse.
Pero Verlander quería hacerlo a su manera.
El Comerica Park agotó sus entradas. En las tribunas aparecieron camisetas nuevas y otras guardadas durante años, recuerdos de aquel joven lanzador que comenzó su historia con Detroit y terminó convertido en uno de los grandes pitchers de su generación.
Entonces llegó el momento definitivo.
Hinch caminó hacia el montículo para retirarlo.
Antes de entregar la pelota apareció Genevieve, su hija de siete años, quien corrió hacia su padre y lo abrazó sobre la lomita.
Después llegaron sus compañeros para rodearlo.
Desde las tribunas comenzó a bajar un sonido: “¡J.V.! ¡J.V.! ¡J.V.!”
Verlander escuchó.
Esta vez no quiso aislarse. No estaban los habituales auriculares. Había prometido vivir cada segundo, observar las tribunas y guardar las imágenes de su despedida.
Bajó del montículo acompañado por el reconocimiento de sus compañeros y de una ciudad que lo vio convertirse en leyenda.
Veinte temporadas quedaron atrás.
Justin Verlander lanzó una vez más, ponchó a seis y se marchó como había querido: con la pelota en la mano, su familia cerca y todo un estadio de pie pronunciando sus iniciales.
Piratas 3 x Tigres 4
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