Por Giuliano Converti
DD+ia/Buenos Aires
Bahía Blanca despertó el domingo 25 de octubre con una noticia triste: en las últimas horas del sábado murió Carlos María Giménez, uno de los máximos exponentes del boxeo de la ciudad y una figura histórica del pugilismo argentino. Nacido en 1948, peleó dos veces por el título mundial welter junior de la AMB, ambas ante el colombiano Antonio Cervantes, el célebre Kid Pambelé.
Carlitos, como lo llamaban en su ciudad, fue un buscavidas desde chico. Lustró zapatos, vendió diarios y empezó a boxear siendo muy pequeño en el ring del Salón de los Deportes, en Soler 444. Hizo del perfil bajo una forma de vida: sencillo, amable y terrenal, mantuvo la humildad incluso cuando el país ya lo conocía.
Su carrera dejó cifras que hablan solas: más de 130 peleas profesionales, alrededor de 115 victorias y 59 nocauts. En 1972 se consagró campeón argentino en el mítico Luna Park, donde derrotó por puntos a Juan Aranda.
La primera oportunidad mundialista llegó en 1973 y fue una mala noche: Cervantes, entonces campeón, lo derrotó por nocaut en el quinto asalto.
La revancha, en 1977, fue otra historia. En Maracaibo, Venezuela, Giménez mostró entereza, técnica y coraje, y según la crónica de La Nueva dominaba la pelea ante un rival desgastado. Entonces el árbitro frenó el combate, miró un corte muy leve sobre su ceja derecha y, sin consultar al médico oficial, dio ganador a Cervantes por nocaut técnico en el quinto asalto. Giménez no escondió su enojo ante las cámaras y Tito Lectoure, promotor y dueño del Luna Park, subió al ring y le dio una cachetada al árbitro.
Pese a las críticas que Giménez debió soportar por esas derrotas, vale recordar contra quién perdió: Cervantes fue campeón mundial durante casi ocho años y los especialistas lo consideran el mejor de la historia en su categoría.
Giménez volvió a Bahía Blanca y fue recibido como un héroe. La ciudad no lo midió por el cinturón que no llegó, sino por lo que había mostrado sobre el ring. Su vida quedó registrada en “El golpe final”, el documental que le dedicó Raúl Papalardo. Por eso, escribió La Nueva, se despide a un campeón.
Hay boxeadores que se recuerdan por los títulos y otros por la manera de caer y de levantarse. Carlitos Giménez fue de los segundos: el pibe que lustraba zapatos y vendía diarios, que se subió al ring del Salón de los Deportes y terminó peleando en el Luna Park y en dos combates por el título del mundo. No consiguió la corona, pero se llevó algo que no se disputa en ningún peso: el cariño de su gente. Se fue como vivió, sin hacer ruido, aunque cuando muere un campeón del barrio el silencio se oye en todas las esquinas. Su legado queda en la memoria del deporte bahiense y en las páginas más destacadas del boxeo argentino.
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