Por Pedro Moreno
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El excampeón mundial mexicano Rubén Olivares, el “Púas”, de 79 años, busca vender terrenos, casas y recuerdos de su carrera para pagar una cirugía en el ojo derecho. Padece un desprendimiento de retina desde hace cerca de un año y lo atribuye a los golpes recibidos en el ring, según dijo en una entrevista con TVNotas. Los médicos le han dado la posibilidad de recuperar la vista, pero la operación urge y hay que costearla.
Hay peleas que no se ganan con los puños. Esta se libra lejos de las cuerdas y con otro tipo de armas: fotografías, guantes, libros y obras hechas por él mismo, que el Púas ofrece para reunir el dinero. Aprendió desde joven el oficio de la madera y llegó a tallar una Última Cena en la que los apóstoles aparecen con guantes de boxeo. Una de sus obras terminó en manos de Mauricio Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo.
La pérdida de visión le cambió las rutinas y frenó justamente ese taller. Pero el exboxeador no habla de retiro ni de despedida. Con el humor que lo acompañó durante décadas, dijo que fueron los “besos” recibidos arriba del ring los que terminaron por dañarle el ojo. Y defendió su decisión de vender sin rodeos: “todo me lo gané arriba del ring a base de golpes”.
Su historia explica por qué importa. Rubén Olivares nació el 14 de enero de 1947 en Iguala, Guerrero, y debutó como profesional en 1965. El 22 de agosto de 1969 noqueó en el quinto asalto al australiano Lionel Rose, en Inglewood, California, y se coronó campeón mundial de peso gallo. Fue campeón mundial también de peso pluma.
Colgó los guantes en 1988 con 89 victorias, 79 de ellas por nocaut, 13 derrotas y tres empates en 105 peleas profesionales. Disputó 13 combates por títulos mundiales, tuvo cuatro reinados entre las dos categorías y enfrentó a nombres como Chucho Castillo, Rafael Herrera, Bobby Chacón, Eusebio Pedroza y Alexis Argüello. En 1991 entró al Salón Internacional de la Fama del Boxeo.
Antes de entrar al quirófano, deberá cuidarse, porque los médicos así se lo piden. Confía, dijo, en los doctores y en Dios, y en que la vista pueda volver. Es una espera distinta a la de los vestidores: sin esquina, sin campana, sin público.
Quien vio a Rubén Olivares noquear a Lionel Rose en California sabe que nunca fue de esquivar el golpe. Ahora, a los 79 años, lo recibe de frente: busca vender sus terrenos, sus casas y los recuerdos de una vida de gimnasios, arenas y carpintería para pagar una operación que podría devolverle la vista. Las fotografías, los guantes y las tallas que antes adornaban su historia se convierten en la última cuerda a la que agarrarse. Dice que nadie tiene que regalarle nada, porque todo lo ganó peleando. Y aunque esta vez el rival no tenga rostro, el Púas sigue de pie, a la espera de que la luz vuelva a entrar por el ojo que el ring le apagó.
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