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O’Shaquie Foster, campeón mundial indiscutido del peso Súper Pluma, le dio paliza a Emanuel Navarrete

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O’Shaquie Foster, campeón mundial indiscutido del peso Súper Pluma, le dio paliza a Emanuel Navarrete

Por Pedro Moreno
DD+ia/San Antonio

Hay noches en que el boxeo se parece a una persecución en un cuarto sin salida, y la del Frost Bank Center fue una de ellas. Emanuel Navarrete, mexicano de 31 años, entró al ring con dos cinturones colgados del hombro, el WBO y el IBF del peso Súper Pluma, y con la intención de llevarse un tercero. Enfrente tenía a O’Shaquie Foster, estadounidense de 33, campeón WBC, un hombre que sabe que la distancia es una forma de lenguaje.

Al final, O’Shaquie Foster se quedó con esos dos cinturones de Emanuel Navarrete, más el suyo del CMB. Foster venció por decisión unánime de los jueces y se bajó del ring como el campeón indiscutido de las 130 libras.

Navarrete es de los que empujan la pelea hacia adelante como quien empuja una puerta atascada: con el cuerpo entero, sin pedir permiso. Pero Foster llegó decidido a no estar donde el mexicano lo buscaba. Se movió, pivotó, soltó ganchos de izquierda y rectas limpias, y salió de cada intercambio antes de que el castigo llegara. Era un ejercicio de paciencia contra insistencia.

No todo fue de un solo color. En el tercer asalto, Navarrete lo llevó contra las cuerdas y le trabajó el cuerpo, y por unos minutos pareció que su método de siempre iba a imponerse. Pero Foster se sacudió el apuro, afinó el jab al cuerpo en el cuarto y, desde los asaltos intermedios, empezó a leer al rival como se lee un libro ya conocido: llegaba primero, elegía mejor, contragolpeaba con un uppercut certero. Cuando el mexicano se acercaba, él se agarraba, se desplazaba, robaba tiempo. Así administró la noche.

Navarrete, sin embargo, jamás dejó de ser Navarrete. En el décimo encontró sus mejores golpes, y en los segundos finales del undécimo conectó una mano que hizo daño y recordó a todos que un solo puñetazo puede reescribir una pelea. Foster tuvo que atravesar los últimos tres minutos con esa advertencia todavía caliente.

El duodécimo fue el de la desesperación y el de la sentencia. El mexicano salió a buscar el nocaut, y esa urgencia le abrió la guardia. Una contra de Foster lo obligó a tocar la lona con el guante: primera cuenta de protección. Se levantó, volvió a lanzarse, arrinconó al campeón contra las cuerdas y dejó espacios; una derecha de contra lo mandó otra vez al suelo. Dos caídas en un mismo round, y aun así terminó de pie los doce asaltos, con esa dignidad terca de los guerreros mexicanos.

Los jueces fueron claros: 118-108 en dos tarjetas y 115-111 en la tercera, todas para Foster. Además del WBC, se llevó los cinturones WBO e IBF y el campeonato vacante de The Ring. Su récord quedó en 26 victorias, tres derrotas y 12 nocauts. Navarrete cae a 40 triunfos, tres derrotas y un empate, con 33 nocauts, y pierde sus dos títulos.

Tras el combate, Navarrete no buscó excusas. Reconoció, con la honestidad que da la experiencia, que el estilo de su rival fue mejor esa noche. Foster, en cambio, se marcha con tres de los cuatro grandes cinturones de la división en la mano y un argumento difícil de discutir: el de haber esquivado, golpeado y esperado mejor que nadie en San Antonio.

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