Por Tommy Paul
DD+ia/Londres
Hace apenas una semana, Kendal Daniels abandonaba el campo inmovilizado en una camilla. Siete días después, el novato de Atlanta regresó para protagonizar una actuación extraordinaria y demostrar que las victorias más importantes no siempre se consiguen en el marcador.
Hay momentos en el deporte en los que el resultado pasa a un segundo plano. Cuando Kendal Daniels quedó tendido sobre el césped, con el cuello inmovilizado y rodeado por el personal médico, nadie estaba pensando en fútbol americano. Lo importante era su salud, su futuro y la posibilidad de volver a caminar tranquilamente hacia un vestuario.
Una semana después, aquel muchacho de 23 años estaba nuevamente sobre el terreno de juego, convertido en el protagonista de la victoria de los Atlanta Falcons por 29-20 sobre los San Francisco 49ers, que llegaron invictos al compromiso.
Daniels no regresó simplemente para participar. Volvió para marcar diferencias.
El linebacker, seleccionado en la cuarta ronda del draft, terminó con 11 placajes, la mayor cantidad de su equipo, una intercepción decisiva y la recuperación de un balón suelto que acabó con las últimas esperanzas de San Francisco.
Pero detrás de esas estadísticas había una batalla mucho más complicada.
Después del golpe sufrido ante Chicago, cuando su máscara facial impactó contra la rodilla de Colston Loveland, Daniels necesitó atención hospitalaria. Recibió el alta médica, aunque todavía debía superar una barrera que ningún examen podía medir: el temor de volver a lesionarse.
Su compañero Maason Smith reveló que el lunes apenas podía mover el cuello de un lado a otro.
Sin embargo, Daniels estaba decidido a regresar.
“No tenía miedo, pero sí que lo pensé”, reconoció al recordar sus sensaciones durante el calentamiento.
La confianza apareció con el primer contacto. Después, el instinto competitivo hizo el resto.
Atlanta defendía una estrecha ventaja de 26-20 en el último cuarto cuando Brock Purdy intentó completar un pase por el centro del campo.
Daniels leyó la jugada, saltó, desvió el balón y consiguió atraparlo. Su regreso de 29 yardas preparó el gol de campo de Nick Folk que amplió la diferencia a nueve puntos, cuando faltaban 1:56 minutos.
Todavía quedaba otra intervención.
Con San Francisco buscando una remontada desesperada, Jessie Bates provocó un balón suelto de George Kittle. Daniels apareció nuevamente, recuperó el ovoide en la yarda 20 de Atlanta y sentenció el encuentro con 47 segundos pendientes.
El entrenador Kevin Stefanski le entregó el balón del partido. Era un reconocimiento deportivo, pero también profundamente humano.
Los Falcons consiguieron su primera victoria como locales de la temporada y mejoraron su registro a 3-4.
Para Daniels, sin embargo, aquella tarde significó mucho más.
Siete días antes había salido del estadio sin saber qué consecuencias tendría su lesión. Ahora lo abandonaba caminando, sonriendo y rodeado de compañeros que celebraban su valentía.
Porque hay regresos que valen una victoria. Y hay victorias que representan una segunda oportunidad.
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