Por Tony Rasmussen
DD+ia/Milwaukee
Los Cerveceros comenzaron con victoria el Clásico de Otoño después de 44 años sin disputar un partido de Serie Mundial en casa. Christian Yelich, Jacob Misiorowski, William Contreras y Trevor Megill fueron protagonistas de una noche inolvidable en el American Family Field.
Milwaukee llevaba 44 años esperando una noche semejante. Por eso, cuando todavía faltaban diez horas para el primer lanzamiento, los aficionados comenzaron a llegar a los alrededores del American Family Field con sus vehículos, parrillas, salchichas, cervezas y una ilusión que había sobrevivido a generaciones.
La ciudad estaba de fiesta. Los colores azul y amarillo dominaban el ambiente. Los recuerdos de 1982 regresaban a las conversaciones y, entre abrazos y sonrisas, miles de seguidores aguardaban el momento de volver a disfrutar una Serie Mundial en su estadio.
Los Cerveceros respondieron a semejante entusiasmo con una emocionante victoria 3-2 sobre los Rays de Tampa Bay, en el primer encuentro del Clásico de Otoño de 2026.
No necesitaron cuadrangulares ni una exhibición extraordinaria de ponches. Ganaron jugando un béisbol de fundamentos, aprovechando sus oportunidades y defendiendo cada carrera como si fuera un tesoro.

La primera explosión de alegría llegó temprano. El venezolano Jackson Chourio abrió el primer episodio con un sencillo frente a Nick Martínez. Después apareció Christian Yelich, capitán y símbolo de Milwaukee, quien finalmente disfrutaba su primer turno al bate en una Serie Mundial.
Yelich conectó una línea hacia el jardín central que Jonny DeLuca no consiguió atrapar pese a lanzarse de cabeza. Chourio anotó y el veterano jardinero llegó hasta tercera con un triple remolcador. El estadio estalló.
Poco después, William Contreras conectó una potente línea que permitió anotar a Yelich y colocar el marcador 2-0. Con aquella ventaja comenzó su trabajo Jacob Misiorowski, el joven lanzador que había despertado algunas dudas por sus anteriores presentaciones en octubre.
Su respuesta fue inmediata. El primer lanzamiento alcanzó las 103.5 millas por hora, estableciendo un récord de velocidad en la historia de la Serie Mundial.
Pero Misiorowski demostró que su talento no depende exclusivamente de la potencia. Trabajó cinco entradas, permitió cuatro imparables y una carrera limpia, concedió un boleto y ponchó a tres bateadores.
No fue una actuación deslumbrante por la cantidad de ponches, sino una presentación madura, inteligente y necesaria.
Contreras también resultó determinante detrás del plato. Su brazo y su conducción del pitcheo ayudaron a controlar a unos Rays acostumbrados a presionar mediante la velocidad y el movimiento constante de sus corredores.
La noche tuvo igualmente espacio para la nostalgia. Robin Yount, miembro del Salón de la Fama, realizó el lanzamiento ceremonial luciendo un saco que había pertenecido al fallecido Bob Uecker, inolvidable narrador de Milwaukee. Después mostró una camiseta con el nombre “Ueck” y su número 19.
Fue un homenaje emocionante a una voz que acompañó durante décadas los sueños de los aficionados.
El desenlace del juego llegó cargado de angustia. Trevor Megill intentó cerrar el noveno episodio con ventaja de una carrera, pero Tampa Bay colocó dos corredores en posición de anotar.
Una aparente doble matanza fue anulada después de revisar la repetición y el sufrimiento continuó. Megill tuvo que enfrentar a Jonny DeLuca con el partido pendiendo de un lanzamiento. Y se ponchó.
Finalmente consiguió el último out. Milwaukee respiró. Las tribunas explotaron de felicidad. Los Cerveceros habían ganado el primer partido de una Serie Mundial que apenas comienza, pero cuya noche inaugural ya quedó grabada en la memoria de sus aficionados.
Porque hay victorias que se celebran durante unas horas y otras que compensan décadas de espera. Milwaukee acababa de conseguir una de esas.

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